Malo Literary

Ya no hace frío

Contenido editorial por Pierangelo Galassi

Las gotas de agua resbalaban perezosamente por la superficie empañada del cristal.
Al otro lado de la ventana, el mundo parecía plano, sin formas ni contornos, sumido en el gris de aquella mañana de finales de otoño.

"Fantástico", murmuró Lilia para sí misma, mientras un escalofrío le recorría la espalda. Otro día de lluvia. Justo lo que necesitaba.

Los radiadores llevaban encendidos más de una hora, pero ella seguía sin poder dejar de temblar. Al otro lado del cristal, el ambiente cobraba vida, cada vez más bullicioso, señal de que la ciudad despertaba lentamente. Todo el mundo parecía absorto en su propia vida, empujado a salir de casa en busca de algo que pudiera dar sentido a aquellos interminables días.
Ella no.
Fuera no había nada lo suficientemente importante como para convencerla de abandonar el cálido refugio de su cama. Y, sin embargo, allí estaba. De pie, envuelta en su desgastado pijama de forro polar, pensando con horror en la gélida tortura que la esperaba en cuanto cruzara la puerta de casa.

Voy a llamar a la oficina y decir que estoy enferma… pensó Lilia, frotándose las manos contra la áspera superficie del pijama. A pocos pasos de ella, la cama parecía llamarla, invitándola a sumergirse entre las sábanas con aroma a limpio y el calor de las mantas.

¡Seguro que pueden sobrevivir un día sin mí!

De repente, un sonido insistente e increíblemente molesto la sacó de su ensoñación. Resoplando, Lilia cogió el teléfono que tenía cerca, casi tentada de apagar aquel aparato infernal y volver a meterse bajo las mantas. Apenas unos años atrás lo habría hecho sin pensárselo dos veces.

Una sombra de sonrisa amarga apareció en su rostro. No, ya no era una niña. Se odiaba con todas sus fuerzas, pero parecía que, al final, hasta ella se había convertido en una adulta.

A regañadientes, bajó la mirada hacia la pantalla.

Reunión anual con el jefe y el equipo de marketing a las 09:00

El mundo pareció venírsele encima mientras la notificación de la aplicación del calendario parpadeaba insistentemente ante sus ojos. De todos los días posibles, pensó, ¡tenía que ser hoy!

Lilia lanzó el teléfono sobre un montón de ropa que todavía estaba por ordenar y se armó de valor. De un modo u otro, sobreviviría una vez más.

Después de poner la cafetera italiana al fuego, entró en el dormitorio y se acercó al gran armario empotrado. Abrió las puertas con una lentitud excesiva, casi teatral. Como si cada minuto perdido pudiera alejarla, de alguna manera, de las presiones de la vida que se dibujaban borrosas al otro lado de la ventana.
¿Y ahora qué me pongo? murmuró Lilia, mientras recorría con la mirada el interior del armario, desanimada. Colgadas y apiladas, se extendían interminables filas de chaquetas, jerséis y prendas de abrigo de todo tipo y forma. Pasó la mano por una camisa de franela de aspecto deliciosamente acogedor, perfecta para un día como aquel.

Esta va a la pila de los «quizás».

Después cogió unos pantalones negros de pana. Se estremeció y los volvió a dejar inmediatamente en su sitio.

No, esto no hay por dónde cogerlo…

Repasó todo su armario. Vestidos de tweed que le picarían durante horas, jerséis de lana trenzada mucho más apropiados para escalar una montaña, cuellos vueltos imposibles y chalecos pretenciosos. Incluso se planteó ponerse una camiseta térmica arrugada que, por un instante, le pareció la solución más sensata para no morir de frío.

Repasó mentalmente las posibles combinaciones entre todas aquellas prendas. Intentaba decidir qué conjunto podría resultar convincente para una reunión tan importante, pero seguía sin conseguirlo. Era como si faltara una pieza en aquel puzle de tejidos. Un detalle aparentemente insignificante que, sin embargo, continuaba escapándosele.

Pero algo llamó su atención.

Un aroma masculino intenso, sensual, que ya conocía de memoria.

El Suyo. No había ninguna duda.

A pesar de que habían pasado más de dos años, su olor seguía impregnado en su armario y en su memoria. O quizá era ella quien se empeñaba en no dejarlo marchar.
Solo fue un instante, el tiempo necesario para recuperar el aliento después de lo que había parecido una apnea interminable. Y entonces lo vio.
En un rincón, escondido entre las sombras de una pila de ropa vieja que llevaba quién sabía cuánto tiempo sin ponerse, descansaba un jersey oscuro de cachemira.
Teñido de los tonos del otoño y de una época de su vida que jamás volvería.
Apartó rápidamente las demás prendas y deslizó las manos por el tejido, recorriendo con los dedos aquellas líneas delicadas y armoniosas. La sensación al tacto era exactamente como la recordaba. Una suavidad, un contacto físico tan ligero, que le pareció poder tocar de nuevo la piel del hombre que tanto le había dado.
Que se lo había dado todo.

Era ligero, tan ligero que parecía imposible que pudiera abrigar a alguien. Sin pensarlo, se lo puso encima del pijama. Era enorme, al menos cuatro tallas más grande. Las mangas le cubrían los dedos y el cuello redondo se posaba suavemente contra su mejilla, justo donde Él solía apoyar el rostro por las mañanas, todavía medio dormido.
El tejido se ciñó a sus hombros y una extraña sensación de calma la invadió, esa que solo Sus brazos fuertes y reconfortantes habían sido capaces de transmitirle.
Sin prisas, sin pedir nunca nada a cambio.
Por un instante, ya no supo si estaba acariciando la cachemira o el recuerdo de aquello que nunca había dejado de dolerle. Cerró los ojos y dejó de hacerse preguntas, rindiéndose al placer que la envolvía por completo. A ese calor del que llevaba demasiado tiempo privándose.

El borboteo del café al salir de la cafetera italiana la devolvió a la gris claridad de la realidad.
Lilia volvió a abrir los ojos. Sus manos habían dejado de temblar.
Los escalofríos que la habían acompañado desde el momento de despertarse habían desaparecido, disueltos en algún lugar entre los pliegues de un jersey demasiado grande para un alma tan pequeña.
Sonrió. Esta vez de verdad.
En aquella casa, ahí fuera, al otro lado del cristal, en cualquier lugar del mundo, Él se lo había dado todo para después arrebatárselo. Robárselo.
Pero esto no, pensó Lilia mientras se estrechaba en un abrazo solitario, disfrutando del contacto entre su piel y la cachemira.

Esto no.
En aquella mañana de finales de otoño, mientras fuera llovía, ya no sentía frío.